Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de diciembre de 2011

La señora María: “¡Ay, ay, ay!” Pues guarda para cuando no hay

No recuerdo qué número de ingreso fue, pero creo que debía de llevar unos cuantos, porque cuando llegué a la habitación sentí una sensación de alivio al ver que mi nueva compañera era la señora María, una señora muy mayor y muy malita. Esto no significa que me guste que las personas mayores estén muy enfermas, sino que, teniendo en cuenta el tiempo que supuestamente iba a pasar allí, las señoras mayores y muy malitas son la mejor opción como compañeras, porque no molestan y no les molestas.
Recuerdo a la señora María como una mujer delgada, con el pelo blanco. Debía de tener casi unos noventa años y problemas de salud relacionados con la edad, algo de la sangre. Parece ser que la sangre no le coagulaba bien y tenía una herida en la pierna que le dolía mucho. Casi ni hablaba, ni comía, ni se movía de la cama. Sus hijos venían cada día para darle de comer y hacerle compañía. Tenía una hija que vivía en Portugal (me regaló un rosario de la virgen de Fátima y siempre lo he llevado conmigo).
Sólo hay una cosa que decía la señora María: “Ay, ay, ay...” Lo decía siempre que tenía fuerzas para hablar, pero muy flojito. Las enfermeras, cada vez que lo decía, le contestaban:”Pues guarda para cuando no hay”. Un día, a la hora de comer, la señora María se incorporó de la cama. Su hija lo achacaba a una mejoría, y yo pensaba igual. Esa tarde estuvo hablando con su hija, recordando familiares, hechos  del pasado. Era una conversación incoherente, pero estaba más habladora. Parecía que estaba mejorando, incluso tuvo más apetito.
Esa noche me despertaron el jaleo de los enfermeros y los gemidos de la señora María. Parecía que había empeorado y me advertía un enfermero que la noche iba a ser larga. Nos separaba una cortina azul que reflejaba el movimiento de los enfermeros y médicos alrededor de la cama de la señora María. Cómo hacían mucho ruido, decidí escuchar música con los auriculares. Además, el ruido continuo del oxigeno era muy molesto.
Fue un momento extraño. La señora María sólo decía: “Ay, ay, ay, que me muero”. El enfermero le contestaba: “María, esta noche no se me muere” y yo escuchaba una canción de Antonio Orozco que decía “devuélveme la vida”... Era un momento contradictorio. La señora María estaba agonizando y yo escuchando música, intentado evadirme... Me sentí como si no tuviera sentimientos, porque de hecho  apenas la conocía, y, en cierto modo, su muerte no me afectaba. Era una persona desconocida para mí, pero no para su familia, amigos, vecinos... Al cabo de unas horas, la bajaron para hacerle una radiografía. Cuando volvió, ya estaba muerta. Luego llegaron sus hijos, tristes, aunque ya se lo esperaban. Después marcharon. La habitación estaba en silencio. Yo siempre había sido muy miedosa, pero no tenía miedo. Tenía  ganas de ir al lavabo. Tenía que pasar delante de su cama para ir. Me levanté y miré hacia delante, no quería mirarla. Al final, la miré de reojo. Su cara reflejaba el sufrimiento de la agonía. Al rato, llegaron los de la morgue. Cómo si se tratara de un saco de patatas, la metieron dentro de una funda. Se oyó el ruido de la cremallera al cerrar, y se la llevaron.
Era muy entrada la madrugada, el único momento que estaría sola en la habitación. Mis sentimientos eran contradictorios: pena por la muerte de la señora María y expectación por la llegada de una nueva compañera. No tardaría mucho en llegar... Una nueva historia que contar...     
           
Mariola

viernes, 16 de diciembre de 2011

Recuerdos de mi infancia

Ahora que ya tengo tantos años y buceo en los recuerdos de mi vida, veo que los más bonitos que tengo son de mi infancia.
Antes de los seis años son pocos y difusos. A partir de esa edad, que fue cuando nació el más pequeño de mis tres hermanos, me acuerdo de muchas cosas.
De mi pueblo, en Extremadura, donde nací recuerdo que los inviernos eran muy fríos. Mi padre era el primero que se levantaba y, antes de irse a trabajar al campo, hacía la candela de leña, en el suelo, encima de la piedra de molino que había. A su alrededor todo eran baldosas pintadas con pintura roja, y allí no se podía hacer porque se hubiera quemado la cerámica. Hacía las migas en una sartén muy grande. Cuando estaban listas, mi madre y todos los pequeños nos sentábamos en sillas bajas alrededor del fuego y allí comíamos.
Lo que más me gustaba era la temporada de las matanzas. Recuerdo como los hombres, después de matar el guarro (allí se le decía ese nombre), lo chamuscaban con retamas encendidas y lo partían en trozos: unos para hacer morcillas, otros para hacer chorizos, y los huesos y el tocino se ponían en unas cajas muy grandes de madera con mucha sal y se conservaban todo el año, para ir poniéndolos al cocido u otra comida. A mi casa, las vecinas venían para ayudar. Traían a sus hijos. Nosotros también íbamos cuando mataban las vecinas. Todos nos lo pasábamos muy bien.
Otra cosa que me gustaba mucho era cuando la uva empezaba a madurar a últimos de agosto. Iba con mis padres y hermanos a la viña, y ver tantos racimos en las parras era precioso. Para finales de septiembre, recuerdo que iba buscando los racimos que el sol había dorado, las uvas pasas. Eran deliciosas, una cosa exquisita.
Fui a la escuela, a las Nacionales del Cuartel. Así era como llamaban a nuestro colegio, porque había sido el cuartel de la Guardia Civil. Después de la guerra, construyeron otro y aquél lo arreglaron para dar clases. Tenía dos pisos: en el de arriba estábamos las niñas y en el de abajo, los niños. Cuando íbamos al patio, lo mismo: los niños separados de las niñas. La primera maestra que tuve era doña Juana, gordísima y con mucho genio. Después tuve a doña Concha, muy buena, nos enseñaba muy bien. Nos sentábamos en pupitres de madera, con dos asientos y un tintero lleno de tinta, donde se mojaba la pluma. Según lo que supieras, te sentabas más adelante o más atrás. Yo siempre me senté en segunda fila con mi amiga. Doña Concha me enseñó que, para hacer la Primera Comunión, era obligatorio ir a misa todos los domingos. Era lo primero que preguntaba los lunes. Si no habías ido, mandaba recado a nuestros padres.
Entonces no comprendía por qué. Cuando salíamos de clase y cantábamos Cara al sol por todo el pasillo hasta llegar a la calle, salía un maestro de su clase y nos decía: “Callaros, que hacéis mucho ruido”.
Allí estuve hasta los 14 años, que era obligatorio. Después mi madre me puso en un taller para aprender a coser. A mí eso no me gustaba. Me hubiera gustado más seguir estudiando.

Rita